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Andén (ebook)

Tras la muerte de su padre, Willy empieza a hacerse preguntas, a querer descubrir más cosas sobre su familia. ¿Qué le está pasando? Es solo una, de las muchas preguntas que le inundan en un universo que en el que ya nada es lo que parece.

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Alrededor de un desgraciado evento, se teje una historia única y cautivadora, llena de secretos familiares, autodescubrimiento y crecimiento personal. Tras la muerte de su padre, Willy empieza a hacerse preguntas, a querer descubrir más cosas sobre su familia. ¿Qué le está pasando? Es solo una, de las muchas preguntas que le inundan en un universo que en el que ya nada es lo que parece. Los miembros de su familia, su entorno más cercano, todos los elementos que llenaban su vida se han transformado. La novela, sirve de excusa para ahondar en todos estos temas y profundizar sobre los cambios y las transformaciones vitales a través del relato de Willy.

Papá aún no había cumplido su primera hora de muerto.

Y hasta entonces, no recordé el pedido que me había hecho mi tía de las tetas.

Entré en la primera casa de fotografía que encontré. Ése no era mi barrio, sino el de mis abuelos. Lo desconocía casi todo, menos los alrededores muy cercanos a la placita Devoto; su nombre oficial es plaza Arenales, en cualquier caso, es de las más lindas de Buenos Aires.

Los padres de papá eran los dueños del almacén de la esquina de Habana y Mercedes, allí también estaba su vivienda. Aún podrás verla si vas por ahí. Está a dos cuadras de la placita. Durante muchos y largos años, casi todos los domingos de mi vida había ido (sido llevado) por mis padres hasta la casa de mis abuelos.

Sufría con la extroversión de alguno de mis primos. Chocaba, casi todos chocaban por aquellos años de niño y adolescente, con mi sólida timidez que me hacía infeliz. A los ojos de toda mi familia, incluidos papá y mamá, era un chico raro. No era como los demás. Y era difícil olvidarlo los domingos.

Papá fue a parar a ese hospital, el Zubizarreta, porque se indispuso una tarde de domingo después de comer con alguno de sus hermanos en la vieja casa de sus padres, quienes ya habían muerto pocos años atrás: primero, mi abuela; la tristeza, después, se tomó unos meses para acabar con mi abuelo. Tal vez sólo se muera de amor a esas edades.

Yo ya no iba por aquel entonces cada domingo a la hermosa y decadente casa de mis abuelos, de la que, cuando los interminables trámites burocráticos acaben, sólo quedará algo de dinero repartido entre los familiares cercanos. Y recuerdos. Ese domingo me había quedado en la casa de mis padres, donde ya no vivía, haciendo el amor con mi novia de entonces (la mujer que llegó después de mi esposa, en realidad la chica que, en parte, la convirtió en ex esposa), quien adoraba hacer el amor en la amplia cama de mis padres, sobre la sedosa colcha marrón con motivos hindúes. Vivía solo, y lo hacíamos diariamente en mi cama, pero la colcha de la cama de mis padres parecía añadir con su sola presencia, otro orgasmo a los múltiples que ella experimentaba. O eso me hacía creer.

La cámara fotográfica la compré en un negocio ubicado en la parte de atrás del hospital, de donde salí sin preguntar y caminé hacia donde me guió vaya a saber qué instinto. La encontré enseguida. La adquisición fue una operación rápida. Mi timidez me impide iniciar largos interrogatorios tendientes a averiguar si lo que voy a comprar se ajusta a los servicios que pretendo obtener con el artículo. Además, mi papá acababa de morir. Dije “quiero una Polaroid”. Cuando la vendedora se disponía a desplegar su verborrea acerca de las prestaciones de los múltiples modelos, dije “la más sencilla”. Asentí con aparente interés a las leves instrucciones de manejo que me dio. No pude oponerme a que envolviera la caja en la que venía la cámara. Pagué. Fuera del local, sin dejar de caminar, quité el envoltorio de papel, lo arrojé en la primera papelera, estrujé la caja, la arrojé en la siguiente papelera. Oculté la cámara dentro de mi camisa. Con mi chaqueta por encima nadie notaría su presencia.

Quince minutos atrás, una enfermera nos había dicho que retirarían el cadáver de papá dentro de una hora. Una semana antes, una doctora nos había dicho, a mamá y a mí, que ya no había nada que hacer. Lo sabíamos y no queríamos saberlo. Nosotros continuamos haciendo lo que veníamos haciendo desde semanas: acostumbrarnos a la idea de la muerte, incorporando a nuestras vidas la pérdida de la de papá, antes de que ocurriera. Creyendo que así podíamos comenzar a dolernos como si ya hubiese ocurrido.

Cuando volví a entrar a la zona en la que se encontraba su habitación, todos continuaban gimiendo y llorando en el pasillo. Dentro de la habitación, lloraba mamá. Volvió a abrazarme. Le pedí que me dejara un momento a solas con él. Su gesto de sorpresa fue más tenue que cuando momentos antes le había dicho que necesitaba salir un rato a la calle. Solo.

Papá estaba definitivamente muerto. El rostro que la enfermedad tornó huesudo en tres meses, parecía a punto de mover alguno de sus músculos secos de un momento a otro. (Esta sensación me duró hasta que un día después, la tapa del ataúd me ocultó sus facciones para siempre.) Murió con un mohín de expectación congelada ante el devenir del sueño más largo. Tuvo siempre una cara desengañada, adornada muy de vez en cuando con un gesto de pícara sorpresa que me gustaba verle. El color de su cara era, hacía muchos días, amarillo. El día anterior, dejó de correr por una cánula de plástico, desde el interior de su cuerpo hasta el interior de un enorme frasco de vidrio, un líquido marrón y espeso, que antes había sido verde y fluido, también fue rojizo y con trocitos de porquerías oscuras y coaguladas. Una enfermera quitaba el recipiente con los desperdicios líquidos de mi querido moribundo, y ponía en su lugar otro impecable, que el organismo podrido de mi padre llenaba con ritmo desigual. Días antes, papá me había pedido que le mostrara el frasco (en esa ocasión casi repleto de verde) que no podía ver sin incorporarse en la cama, y ya no podía incorporarse. Interpreté sus palabras casi inaudibles y el ligero movimiento de cabeza. No dije nada y se lo mostré. Él, prácticamente ya no dijo nunca nada más.

Le saqué la foto a la cara de papá muerto con mi Polaroid adquirida para ese único cometido.

Guardé, sin esperar que se revelara la imagen, la foto en un bolsillo interior de mi chaqueta. Oculté otra vez la cámara entre mi cuerpo y mi camisa. 

Salí al pasillo a seguir tragando saliva con mi madre y algunos de mis tíos. Mi tía más llorona ululaba con aspavientos. Los hombres de la familia ahogaban entre pañuelos las lágrimas y los mocos, y entre abrazos, el dolor.

Yo había llorado mucho, muchas noches anteriores. Volvería a llorar esa noche y la mañana siguiente. Y cualquier día de cualquier mes de cualquier año de los que vendrían después, cuando un chispazo repentino me devolviera a papá sin venir a cuento de nada.

Me alejé del grupo familiar andando por el pasillo, camino del deprimente jardín interior del hospital. Dejé la Polaroid dentro de un cubo de basura, despreocupándome de la viejita que miraba hacia mí (tal vez no divisara más que un bulto) desde el banco de madera, bajo la copa del ceibo en el que la vi sentarse todas las tardes, desde aquella en la que papá se acostó a morirse en esa cama de hospital. Su última cama.

Roberto Villar Blanco (Buenos Aires, 1962) abandona su país natal a los veintisiete años. Desde entonces, reside en Madrid. Deja inconclusos sus estudios de Psicología. Descubre y desarrolla su faceta de guionista de televisión, ejerciendo como tal en programas y series.

Tutor en el Máster de Dirección y Realización de Series de Ficción (Universidad Nebrija, 2011) y profesor de la asignatura Guión de Ficción para Televisión (Escuela TAI, 2011), ganó en 2003 el VIII Premio de Novela Corta Manuel Díaz Luis, con Andén; en 2007 el XII Premio de Novela Carolina Coronado, con Asoma tu adiós. Además ha sido finalista en 2005 del XI premio de Relatos Breves Ciudad de Peñíscola, con el relato Las monjas no confiesan, y en 2006 del Premio Azorín de Novela, con La última piel.

En el año 2008, publicó dos novelas: Asoma tu adiós, en Pre-Textos; y La verdadera historia de Carmen Orozco, en Espasa-Calpe.

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