(Preventa) Anatomía del drama. Una teoría fuerte del teatro | Punto de Vista Editores
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(Preventa) Anatomía del drama. Una teoría fuerte del teatro

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-01-3
Nº de páginas: 136

15,90 

En el presente ensayo, José-Luis García Barrientos expone de forma breve y concisa sus aportaciones a la teoría del teatro, formuladas durante casi cuatro décadas de trabajo e investigación. El texto está dividido en dos partes: la primera, donde desarrolla los principios de la dramatología, es más teórica o especulativa; la segunda, más práctica y analítica, recoge la propuesta de análisis de la dramaturgia. Así, el autor elabora una completa teoría del modo dramático de representar mundos imaginarios o ficticios, para lo cual utiliza un enfoque ligado a los principios modales de la narratología.

Nos dice José-Luis García Barrientos: «Abomino del Romanticismo, que, salvo en la lírica inglesa y quizás alemana, ha resultado catastrófico para la humanidad. Detesto, en particular, el irracionalismo que lo engendra y lo caracteriza, y con el que ha infectado a su atroz descendencia, del nacionalismo a la posverdad. Me declaro, al contrario, antiguo, es decir, moderno, no posmoderno; devoto de la razón, de las Luces, del proyecto ilustrado, que, lejos de parecerme agotado, considero en mantillas. Nadie que siga adelante puede llamarse a engaño». Toda una declaración de intenciones.

Prólogo
Pórtico. Crisis epistemológica: ¿qué hacer?
Zaguán. A vueltas con la crisis del teatro
I. Principios de dramatología
1. Narración y actuación
2. Escritura y actuación
3. Definiciones epistemológicas
II. Análisis de la dramaturgia
1. Escritura, dicción y ficción
2. Tiempo
3. Espacio
4. Personaje
5. «Visión»
Bibliografía citada

Pórtico. Crisis epistemológica: ¿qué hacer?

Si se me permite teorizar sobre la dificultad de la tarea que intentaré resumir en la parte central de este libro y que no es otra que intentar construir una teoría del teatro plausible y útil, a la altura de mi tiempo, diré que la raíz más profunda de la misma se hunde en el problema del estatuto epistemológico de nuestra disciplina, la teoría literaria y teatral, y de su objeto, la literatura y el teatro, y del conjunto de los estudios literarios; problema que es sin duda uno de los más actuales, más en carne viva, de la investigación humanística.
Afrontar el «estado actual» de un tema cualquiera no planteará graves problemas si ese tema pertenece a un área de conocimiento regida por el principio de progreso, como generalmente se considera que ocurre en la ciencia propiamente dicha, al menos tal como la caracterizaba Víctor Hugo en su William Shakespeare: «La ciencia es serie. Procede mediante pruebas superpuestas unas a otras y cuyo oscuro espesor sube lentamente hasta el nivel de la verdad»; y añadía: «Nada semejante en el arte. El arte no es sucesivo. Todo el arte es conjunto» (en de Torre, 1970: p. 39), vale decir un «orden simultáneo», afectado de la «presentidad» (presentness) de que hablará después Eliot. Ya sé que el optimismo que encierra esa idea de la ciencia como lenta conquista de la verdad no ha resistido intacto el paso del tiempo; o mejor, de la filosofía de la ciencia, pues lo que se ha producido en la realidad es la sucesión, vertiginosamente acelerada y pasmosa, de avances científicos.
Pero que una obra como la Poética de Aristóteles pueda considerarse hoy —como yo mismo he sostenido— no solo la fundacional, sino también la fundamental de la estética teatral y literaria, significa afirmar que puede leerse hoy mismo como teoría y no solo como historia de la teoría. Así creo que fue leída por los humanistas del Renacimiento, hasta el siglo XIX, por lo menos, como teoría viva, vigente; lo mismo que, en el siglo XX, por los formalistas rusos, la escuela de Chicago o los estructuralistas franceses. Yo mismo he pretendido leerla así cuando he concebido expresamente mi programa principal de investigación como el desarrollo de un aspecto casi obviado en el portentoso librito, el de una teoría del «modo» dramático de representación; y hasta he dedicado un capítulo en uno de mis libros a mostrar la vigencia de su sistema conceptual para una metodología —se entiende actual— de análisis dramático (García Barrientos, 2001: 245-266). Esto emparenta a la Poética y en general a los clásicos de la teoría mucho más con los clásicos de la literatura —el Quijote, La Odisea— que con los de la ciencia, que solo admiten ser leídos como historia, no como ciencia.
Así, pues, debemos ser conscientes de la ambigüedad que afecta a lo «actual» en el campo humanístico: ¿el estadio más avanzado, por no decir más cercano a la verdad, o sencillamente la última moda? Al enumerar las corrientes en boga, no deja uno de tener la sensación de estar barajando algo así como las últimas modas de Norteamérica, con el matiz también de globalización o colonización cultural, inevitable en casi todos lo órdenes. ¿También en este? Pero lo más grave sería precisamente perder de vista la distinción elemental propuesta, lo que llevaría, lo que lleva en efecto a algunos, a correr sin rumbo en distintas direcciones contradictorias, siempre detrás de lo último, que confunden con lo más avanzado, ya que no con lo más verdadero, por ser este término y concepto tabú para ellos.
Si embargo, la voluntad de proceder de forma rigurosa, sistemática y objetiva ha sido temprana y persistente en la teoría literaria del siglo XX. Los formalistas rusos se encuentran entre los primeros que intentan amoldarse a las exigencias del método científico. De ahí su preocupación por definir con rigor el objeto (la literariedad) y el método (formal) de su estudio, sintomáticamente designado por ellos como poética, teoría o ciencia de la literatura, como denominaciones sinónimas.
Pero será, sobre todo, en las teorías estructuralistas y en algunas posestructuralistas —el giro lingüístico de la poética responde en buena medida a esta orientación— donde, bajo el influjo del positivismo lógico, se defienda la máxima adecuación de la investigación literaria a los requisitos del método científico; actitud que alcanza su grado extremo en la lingüística del texto y, en particular, en el proyecto de una ciencia empírica de la literatura de Sigfried J. Schmidt (1980), quizás dependiente de las ciencias naturales en exceso y con excesiva utilización de técnicas estadísticas.
Se podría incluso hablar, pero con cautela, de un proceso de convergencia en ambos sentidos, pues también la filosofía de la ciencia, después de las teorías de Einstein y Heisenberg, entre otros, se acerca a los procedimientos de algunas ciencias humanas, particularmente quizás a los de la teoría literaria. Adquieren especial relevancia, en este sentido, las propuestas de Karl Popper: su defensa de la unidad de método, la sustitución del principio de verificación por el de falsación y del concepto de objetividad por el de intersubjetividad, su preferencia por los procedimientos deductivos, con el avance de hipótesis arriesgadas, susceptibles de falsación o de sanción intersubjetiva, etcétera.
Y es que en el interior de la propia ciencia se ha producido la subversión del esquema positivista de la verificación experimental de la teoría; los principios de indeterminación y de complementariedad (fenómenos idénticos admiten descripciones y explicaciones teóricas alternativas), juntos, implican una interferencia del observador o de la observación en el material fenoménico: mirar de cerca el mundo es alterarlo. Esta subversión epistemológica, tan sugerente para la estética y la hermenéutica, ha resultado, sin embargo, solo marginalmente o en muy pequeña medida, problemática en la práctica de las ciencias. Estas proceden como si el contrato cartesiano-kantiano entre teoría y prueba siguiera siendo válido y universal; y así parece que es, excepto en ciertos límites extremos de la cosmología, o en la nueva física de la singularidad. Los rendimientos de este proceder son manifiestos. El abandono de este concepto de teoría, de este pacto de reciprocidad entre teoría y hecho, cuyo fundamento último sigue siendo enigmático, sería considerado como el fin de la razón (véase Steiner, 1989).
En los estudios humanísticos y en la teoría literaria en particular, la coexistencia de diferentes modelos heurísticos —frente a la sustitución de las teorías estrictamente científicas por otras de mayor capacidad explicativa— o el hecho de que tanto el objeto como el método varíen dependiendo del enfoque adoptado (literariedad y método formal para el formalismo ruso; estilo y método filológico o hermenéutico para la estilística, etcétera), obliga a reconocer diferencias con los procedimientos de las ciencias exactas. Dicho eso, creo posible y hasta deseable el empeño por responder en humanidades a las exigencias del conocimiento científico, entendido en términos de rigor metodológico y de coherencia interna en el camino de ida y vuelta entre hipótesis teórica y verificación en los textos, lo que es compatible con una sana cautela ante actitudes extremosas o puramente subjetivas.
Más allá de la deconstrucción, de la era posestructuralista o del posmodernismo, el trasfondo de la crisis epistemológica apenas esbozada es estremecedoramente más amplio y más grave, tal como lo ha descrito convincentemente George Steiner en Presencias reales (1989). Se trata de la crisis del significado del significado o de la confianza en el lenguaje, la ruptura de la alianza entre la palabra y el mundo que se produce entre los años 1870 y 1930 y que «constituye una de las pocas revoluciones del espíritu verdaderamente genuinas en la historia de Occidente y define la propia modernidad» (Steiner, 1989: 118). Su magnitud puede calibrarse si pensamos que esta crisis cierra una primera fase de la cultura occidental, la del logos, que va desde los presocráticos hasta finales del siglo XIX, en la que hasta el escepticismo más extremo estaba comprometido —aceptaba el contrato— con el lenguaje, y abre una segunda fase, de la pospalabra o el epílogo.
Esta crisis encuentra ya expresión en la poesía autista de Mallarmé y en la estética de la autodestrucción de Rimbaud y se despliega en las siguientes revoluciones de la sensibilidad y el razonamiento: la filosofía del lenguaje (Frege, Russell, Wittgenstein), la lingüística moderna (possaussureana: abstracta, formal), el psicoanálisis (Freud) y la crítica del lenguaje (Sprachkritik) de Fritz Mauthner. Los principios implicados en esta crisis, que resultarán familiares a quien frecuente las últimas modas críticas, de la deconstrucción a los estudios culturales, son, por ejemplo, la abolición del sujeto, en particular del autor; la negación del acto de recepción como algo fiable; la ruptura de la relación entre ética y estética; el fin, por tanto, de la responsabilidad; en definitiva, el nihilismo.
De forma paradójica, hay que reconocer también, en el seno de esta profunda crisis del lenguaje, el lugar central que ocupa en el pensamiento filosófico del siglo XX, precisamente, el lenguaje, como pone de manifiesto Gadamer. La crítica de la autocerteza como fundamento de toda validez (Nietzsche, Freud, Heidegger) da paso a la consideración central del «sistema del lenguaje que articula toda conciencia y todo saber». «El mundo intermedio del lenguaje aparece frente a las ilusiones de la autoconciencia y frente a la ingenuidad de un concepto positivista de los hechos como la verdadera dimensión de la realidad». Lo que ahora se indaga es «la enigmática relación que existe entre el pensar y el hablar». El lenguaje aparece así «como la mediación primaria para el acceso al mundo. Así se clarifica el carácter irrebasable del esquema lingüístico del mundo» (Gadamer, 1984: 87).
Aunque no podamos resolver un problema de tal envergadura aquí y ahora —y yo, desde luego, no puedo—, es posible —y creo que se debe— tomar posición al menos frente a sus consecuencias en nuestros estudios, por comprometido que eso sea. Y ciertamente lo es.
Creo que la crisis epistemológica apenas evocada nos sitúa ante una alternativa ineludible entre, por un parte, el escepticismo radical, el relativismo fundamentalista o el nihilismo de las penúltimas corrientes críticas y, por otra parte, una apuesta (a lo Pascal) por el sentido; entre el optimismo epistemológico que, a pesar de las dificultades, prefiere creer que el hombre puede, en alguna medida, conocer la realidad, comunicar a otros su conocimiento y entender lo que otros le comunican, y el pesimismo que niega que sea posible conocer la realidad y tiene, por tanto, que concebir la comunicación como una cadena sin fin, a la deriva, de equívocos, despropósitos y sinsentidos.
Yo elijo con claridad el optimismo, apuesto por el sentido; aunque no alegremente, sino —es al menos lo que intento— de la manera más crítica, despierta o lúcida posible. Y tengo por falso el dilema que plantean a los estudios literarios en general y a la teoría en particular ciertos posestructuralismos: o el escepticismo de Protágoras o el esencialismo de Platón. Falso, digo, porque creo que es posible una tercera vía. Y creo que así lo entendió, hace más de veinticuatro siglos, Aristóteles. El realismo de su Poética, que no desconoce los datos empíricos, pero construye sobre ellos modelos explicativos de racionalidad científica, me parece un ejemplo a considerar en la construcción de esa tercera vía; que también puede beneficiarse de la contribución fundamental de Gadamer al conjunto de los estudios humanísticos. Y que quiero creer que orientará el rumbo de la teoría en el futuro inmediato.
Entre las reacciones más tempranas al relativismo hegemónico, hay que destacar la conferencia de apertura del Congreso Internacional de Germanística celebrado en Göttingen en 1985 que, con el título «Sind eben alles Menschen gewessen»: Zum Kulturrelavismus in den Geisteswissenchaften, pronunció Ernst H. Gombrich (1985). Del otro lado, el callejón sin salida a que han llevado los extremos del relativismo cognitivo a buena parte de los estudios deconstructivistas o posmodernos lo ilustra quizás mejor que largas discusiones el escándalo protagonizado por el físico de la Universidad de Nueva York Alan Sokal, con la publicación en la revista Social Text de su artículo «Transgrediendo los límites: Hacia una Hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica»; que fue tomado en serio, cuando se trataba de una disparatada parodia de ese tipo de estudios. Tanto el affaire Sokal como la posterior tarea de denuncia de las imposturas intelectuales (Sokal y Bricmont, 1997) nos permiten proponer la modesta conclusión de que las ciencias humanas, en general, y la teoría literaria, en particular, deberían compartir con las ciencias propiamente dichas, por lo menos, los principios de racionalidad y de honradez intelectual.
¿Qué hacer?, me preguntaba al principio. En realidad, el argumento o el tema verdadero de este libro que sintetiza mis aportaciones a una teoría fuerte del teatro o, si se quiere, el objetivo o el mensaje último de lo que voy a decir a continuación es este por encima de todo: que se puede —y se debe, a mi juicio— construir en esta época de deconstrucciones, de escepticismos y de nihilismos, en los estudios literarios y teatrales, y especialmente en la teoría, por varias razones, de las que me conformaré con las dos que más de cerca me tocan.
Por ejemplo esta, que tiene su origen en el George Steiner (1989) de Presencias reales, como acabamos de ver: que es posible y yo diría que plausible, sin ignorar la grave crisis epistemológica en que estamos inmersos desde finales del siglo XIX, hacer también en humanidades, igual que hacen —con resultados indiscutibles— las ciencias puras, «como si» el viejo y fecundo pacto entre mundo y lenguaje siguiera intacto o por lo menos vigente. Hacer, por así decir, oídos sordos a los nuevos cantos de sirena, tan hermosos y quizás tan fatales como los homéricos. Pero lúcidamente o, si se prefiere, estratégicamente. Con la tranquilidad de saber que las teorías críticas seguirán empeñadas en sus imprescindibles tareas de demolición o deconstrucción. Y aunque solo fuera por no dejarlas sin trabajo y por tanto sin sentido, vale la pena esforzarse en hacer propuestas constructivas lo más coherentes y sistemáticas que se pueda, es decir, lo más resistentes posible a su quizás irremediable deconstrucción última.
Pero la más seria y grave, incompatible ya con la ironía, es la razón que podríamos llamar pedagógica, porque presenta una urgencia casi desesperada. Así creí percibirlo al menos en la ocasión que paso a relatar. Siendo profesor de la Universidad Complutense de Madrid en el grado de Teoría de la literatura y literatura comparada, me tocó, casi sin previo aviso, impartir un año la asignatura «Teoría de la historia literaria». Sin tiempo para prepararla a fondo y sin haber dedicado antes una atención particular al asunto, concebí el curso como la lectura y discusión de una antología, que seleccioné, de artículos teóricos sobre el tema, la mayoría de los cuales cuestionaban la historia literaria. El éxito superó todas mis previsiones. Pero un día, casi al final del curso, un alumno destacado me transmitió esta desolada inquietud: que en casi todas las demás asignaturas se les proponía la misma conclusión demoledora de que nada —no solo la historia literaria— salía indemne de la crítica; o que en casi ninguna materia recibían propuestas positivas. Me preocupó tanto el fondo de la queja como me alivió pensar que la otra optativa que yo impartía, «Teoría y análisis del texto dramático», era una excepción en toda regla a esa hegemónica actitud deconstructiva. Baste decir que escribí mi libro Cómo se comenta una obra de teatro: Ensayo de método (2001) como manual de esa asignatura.
Para quienes no logramos concebir la investigación —por lo menos humanística— separada de la docencia, esta razón o más bien necesidad pedagógica es más que suficiente para abrazar con entusiasmo tanto mayor cuanto más desesperado la tarea de construir contenidos conceptuales que merezcan ser sometidos a la crítica; también de esas mentes en formación tan ávidas de ellos y a las que con frecuencia ofrecemos solo las técnicas de demolición en medio de un paisaje ya arrasado, donde no queda títere (es decir, teoría o conocimiento) con cabeza.

José-Luis García Barrientos es doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), director de Anejos de Revista de Literatura, profesor de posgrado en la UCM y en la Universidad Carlos III de Madrid, profesor invitado de la Universidad de las Artes (Cuba) e investigador principal del proyecto del Plan Nacional de Investigación y Desarrollo «Análisis de la dramaturgia actual en español» (ADAE). Especialista en teoría teatral, es autor de más de trescientas publicaciones, entre las que destacan libros, traducidos al árabe y al francés, como Drama y tiempo (1991), Teatro y ficción (2004), La razón pertinaz (2014), Cómo se analiza una obra de teatro (2017) o Drama y narración (2017).
https://joseluisgarciabarrientos.com/

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