Abril blues (ebook) | Punto de Vista Editores
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Abril blues (ebook)

Abril blues es una novela intensa que se desarrolla durante una semana del mes de abril en el Madrid de finales de la década de 1980. Sus protagonistas, miembros de la elite cultural del momento y jóvenes ambiciosos con pocos escrúpulos, encuentran su retrato preciso e implacable en la relación que mantienen con Patricio Garrett, un poeta que regresa a España después de largos años en el extranjero. Sexo, drogas y el blues del título se aúnan en una escritura precisa que, sin renegar de la tradición, abre nuevos caminos narrativos en español. De un realismo nada convencional, atrae desde la primera a la última página dentro de un caótico discurrir ordenado acertadamente por su autor.

5,99 

Aparecida originalmente en 1990, Abril blues se desarrolla en un Madrid con puerto de mar y playa que ya se encuentra en anteriores novelas de Mariano Antolín Rato. La Revolución (con mayúscula) ha quedado aplazada por tiempo indefinido. Domina una parálisis que puede ser tomada por el nombre de un grupo de rock. Patricio Garrett acaba de regresar a España. Es un reconocido poeta que ha vivido años en el extranjero (básicamente en Estados Unidos), y en cuanto desembarca del avión se entrega a una especie de viaje iniciático enfrentándose a un presente siempre teñido por su pasado. Encuentra antiguas y nuevas amantes (Amelia Martí y su hija Diana). Viejos amigos y nuevos enemigos (Juan Martínez, su editor, y Billy the Kid, un joven estudiante con ambiciones literarias). Un conjunto de personajes que no hablan más que de sí mismos y nunca se ocupan de los demás. Hombres y mujeres de un presente sin opciones ideológicas. Seres que se confeccionan un universo intelectual más o menos a su medida, mientras tratan de resistir  impávidos a la falta de sentido cultivando una ironía con la que se engaña o quizá se aplaza la desesperación.

Y dominándolo todo, el constante delirio, estimulado por el alcohol y otras drogas, de Pat Garrett –que considera de mala educación el triunfo–, en su relación con unos personajes que, como en la voz de un negro que canta blues, practican una estética de la huida. A veces bajo cielos que lloran compadeciéndose de ellos porque hacen cosas malas y esperan trenes que ya se han ido.

Entre la confusión de pensamientos registrados en la zona de no fumadores de un avión, aquí se impone: Con recuerdos como éstos nunca volveré a sentir que la vida es hermosa. Inmediatamente después, la radio de la cabina anuncia tormenta cercana. Mientras el reactor atraviesa un frente tormentoso por un pasillo que forma ángulo recto con la línea de chubascos, también se captan en la misma No smoking area: El corazón del hombre es una selva oscura. Y con mucha menor claridad, quizá porque afuera todo son relampagueos, precipitaciones, gran densidad de nubes: Más allá de valles de tiempo y espacio, nos esforzamos por percibir el humo pálido de las señales de los demás.

Aproximación directa, cambio de vuelo por instrumentos a vuelo visual, y el avión ha aterrizado en un campo bajo mínimos con permiso de la torre de control.

Las condiciones meteorológicas y maniobras de entrada, para el pasaje fueron obligación de abrocharse los cinturones, molestos saltos y una toma de tierra demasiado brusca. A los pocos minutos, cuando la línea gris del suelo se había convertido en pista, y después de un sonido como de huracán, un golpe sordo y más huracanes, se encuentran en la terminal, a la espera de su equipaje.

Uno de los pasajeros obligados a confiar en que siempre hay quien sabe de las cosas importantes que afectan a muchos —durante el vuelo, el comandante del 747 y parte de la tripulación—, es Patricio Garrett. A sus pensamientos registrados al principio en la zona de no fumadores, ahora se añade: Si tuviera muchos recuerdos tan horribles estaría perdido.

Ha encendido un pitillo porque, al fin, y felizmente para él, ya no está prohibido fumar, mientras tormentas peores que las que atravesó el avión de la TWA siguen activas dentro de su cabeza. Arrecian, adquiriendo forma de pánico, una vez que ha recogido maletas y bolsas de la cinta transportadora. Entonces ya se acercaba al control de pasaportes de un aeropuerto con colas, empujones, prisas; voces metálicas que anuncian retrasos en dos idiomas. Mirado de un modo extraño por el policía de la ventanilla, considera que la realidad le maltrata brutal e injustamente. Se ve como un perro al que todo el mundo ha pateado pero no se da por vencido; y enseguida le pesa. No es así, quiere creer, y sin embargo traga saliva. Lo único que pasa, pretende, es que el policía se aburre y no tiene otra cosa mejor que hacer que mirar sin ver.

Superada esta situación de supuesto riesgo, Patricio Garrett, que mantiene la mano hundida en el bolsillo de la gabardina, se está diciendo: No sé si me fui o si me echaron, pero sé que ya no soy de aquí. Y luego se sorprende revisando drásticamente los planes acerca de su llegada.

¿Quién soy yo para hacer reproches? —piensa, suspirando.

Frunce los labios. De repente se da cuenta de que ya no tiene planes. Deslumbrado, sorprendido, no está seguro de si está más sobrio o más borracho que nunca.

Una nueva sensación de peligro inminente le paraliza. Pasan unos segundos antes de que se atreva a mirar atrás. Se ha llevado las manos a la cabeza —¡ay de mí!—, temiendo un ataque por la espalda de alguien que se le echaba encima y que, de hecho, se limita a adelantarle tirando de una maleta con ruedecitas. Respira a fondo —¡fuuii!— observando todavía inquieto la forma gris que se aleja entre el ruidoso gentío que espera a otros pasajeros, y una de sus profundas reflexiones al ver en un cristal el reflejo transparente de sus facciones es: Pobre de ti, ya tienes muchos años aunque no consigas convencerte de ello.

Sonríe estúpidamente sin saber qué más pensar, notando el cerebro embotado por el cansancio. Con los nervios en carne viva, y dejando otra vez el equipaje en el suelo, pide un café en el bar.

—Thank you —dice, cuando se lo sirven, como si hubiera olvidado que acaba de volar del nuevo al viejo continente, cambiando de idioma.

Entonces, nervioso como alguien que espera noticias a la puerta de un quirófano, ya ha encendido el segundo pitillo. Siguen una profunda tos líquida de fumador, deseos de restregarse los ojos que siente cansados, satisfacción por mantener la imperturbabilidad en condiciones tan adversas.

Porque es como si hubiese viajado semanas enteras hasta llegar aquí, Garrett está agotado. Y algo borracho porque empezó a beber incluso antes de emprender la aventura. Una aventura que es de esas —en parte, él ya era consciente de ello al emprenderla— que uno empieza sabiendo que no van a funcionar, y con las que, sin embargo, se compromete a fondo; por hacer algo, esperando que lleven a otra cosa de interés.

Un viaje ad inferos a través de una noche oscura del alma —preferiría Garrett que fuera. Y, a poder ser, en la clase Ambassador de un reactor; no en clase turista. Al parecer, los vuelos de largo recorrido —y éste que le ha traído a España desde Nueva York, lo es—, perjudican la salud de los viajeros de clase económica, principalmente debido a la falta de espacio, el bajo nivel de humedad de la cabina y la deshidratación provocada por el consumo de alcohol.

Garrett no ha paseado por el pasillo del avión ni se ha abstenido de beber alcohol, aunque ha leído que recomiendan hacer eso para evitar la trombosis, la embolia pulmonar y otras enfermedades asociados al “síndrome de clase económica”. Tomó unas cuantas copas —su justificación: así olvido el miedo a volar—, y las escasas veces que recorrió el pasillo, lo hizo para alternar su puesto —no le habían dado asiento de fumador— con un pasajero de la Smoking área que se hizo cargo de su síndrome de carencia de nicotina.

Ahora, en el bar del aeropuerto, se desquita encendiendo un pitillo con la colilla del otro, trata de ignorar el pitido constante del interior del oído, el sabor como óxido de la boca, y se fija en que, junto a una mesa con turistas japoneses que le ignoran, una mirada fija, de serpiente, está clavada en él.

Pertenece a un tipo de aire vigoroso al que seguro que no le importa tener una dura jornada de trabajo por delante. Un samurái empresarial —es exactamente lo que decide Garrett que es—, que le ha mirado con la boca apretada en expresión de extremo disgusto porque piensa de él: Tiene pinta de necesitar una buena comida, café, copa y puro, y luego ya sería un tipo normal.

Casi sin transición, el individuo del traje cruzado gris al que Garrett ha atribuido esas ideas —la verdad, no le sorprende que la gente le mirase con pena—, suelta una sonrisa que más bien es como la de un viejo lobo decidiendo qué parte de su víctima va a comer primero. Y es que se ha puesto en pie —repeinado, la cara brillante, todos los triunfos en la mano— y, justo antes de alejarse con paso veloz, viola a una chica con la mirada.

Precisamente la chica a cuyos pies está Garrett. Ha comprado un periódico y las monedas del cambio rodaron por el suelo hasta tropezar con unas zapatillas deportivas blancas. Se agachó a recogerlas y: ¡Susan! —está a punto de exclamar al estirarse y contemplar aquel rostro que flotaba delante de sus ojos. Piensa que va a marearse y, antes de darse cuenta de su error, el corazón le había dado un vuelco.

Alta —posiblemente más que el propio Garrett: 1,74—, le lanza una mirada de burlona sorpresa que expresa el interés inocente, alegre, maravillado, de quien está mirando a los monos en el zoo. Rubia, delgada, tiene una belleza radiante que hace invisibles las cosas que la rodean. Es la perfecta maniquí del sueño perfecto de un adolescente —y no hay nada más intenso que el sueño sexual de un adolescente—, como el que posa sus labios sobre los de ella en cuanto se ha vuelto a sentar.

No tardan en levantar la vista ambos y darse cuenta de que les están observando. Desde la barra, a la que ha vuelto, Garrett, eso seguro; pero puede que también algunas de las personas que ocupan las mesas cercanas. La chica aparta la mirada enseguida y sonríe al chico con una maravillosa dentadura, como desafiándole a que se resista a ella. Y eso, aunque aparente no darse cuenta de lo deseable que resulta y de que su presencia inquieta al aire que la envuelve —opina Garrett. También —y de esto no duda—, que es americana, pues sólo las americanas tienen esa soltura corporal. Que se la proporciona el disponer de espacio, es una teoría de Garrett que éste no recuerda ahora, cuando ve que la chica que confundió con Susan bebe directamente de la botella de Coca-Cola. Ahora, cuando el que le lanza una mirada cínica, sin disimular, prolongada, es el chico que la ha besado.

No, no es un adolescente, como hace un instante creyó Garrett; pero casi. Y la expresión de su cara es la de tolerar la existencia de los demás seres y objetos que le rodean. Según Garrett, dice: Soy excepcional y nunca tuve que hacer el menor esfuerzo para serlo, y menos para demostrarlo.

Aparecida originalmente en 1990, Abril blues se desarrolla en un Madrid con puerto de mar y playa que ya se encuentra en anteriores novelas de Mariano Antolín Rato. La Revolución (con mayúscula) ha quedado aplazada por tiempo indefinido. Domina una parálisis que puede ser tomada por el nombre de un grupo de rock. Patricio Garrett acaba de regresar a España. Es un reconocido poeta que ha vivido años en el extranjero (básicamente en Estados Unidos), y en cuanto desembarca del avión se entrega a una especie de viaje iniciático enfrentándose a un presente siempre teñido por su pasado. Encuentra antiguas y nuevas amantes (Amelia Martí y su hija Diana). Viejos amigos y nuevos enemigos (Juan Martínez, su editor, y Billy the Kid, un joven estudiante con ambiciones literarias). Un conjunto de personajes que no hablan más que de sí mismos y nunca se ocupan de los demás. Hombres y mujeres de un presente sin opciones ideológicas. Seres que se confeccionan un universo intelectual más o menos a su medida, mientras tratan de resistir impávidos a la falta de sentido cultivando una ironía con la que se engaña o quizá se aplaza la desesperación.
Y dominándolo todo, el constante delirio, estimulado por el alcohol y otras drogas, de Pat Garrett –que considera de mala educación el triunfo–, en su relación con unos personajes que, como en la voz de un negro que canta blues, practican una estética de la huida. A veces bajo cielos que lloran compadeciéndose de ellos porque hacen cosas malas y esperan trenes que ya se han ido.

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